Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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--Hacedme una merced, amigo; vos, que volveréis a verla, dadle esta carta, que, si lo juzgáis oportuno,
le explicará, como a vos, lo que pasa en mi corazón. Leedla, la he escrito la noche última, pues tuve el pre-
sentimiento de que os vería hoy.
Y entregó a D'Artagnan una carta que decía:

“Señorita: no sois culpable a mis ojos porque no me amáis, sino porque habéis consentido que yo creyera
que me amabais; este error va a costarme la vida, y que si os lo perdono a vos, no me lo perdono a mí. Di-
cen que los amantes felices cierran los oídos a las quejas de los amantes desdeñados; pero como vos no me
amabais, no pasará eso con vos, sino que me escucharéis con ansiedad. Estoy seguro que de haber insistido
yo para con vos para trocar vuestras amistad en amor, hubierais cedido temerosa de acarrearme la muerte o
de aminorar la estima en que os tenía; pero prefiero morir sabiendo que sois libre y dichosa. ¡Cuánto vais a
amarme cuando ya no tengáis que temer mi mirada ni mis reproches! Me amaréis, sí, porque por muy en-
cantador que os parezca un nuevo amor, Dios en nada me ha hecho inferior a aquel a quien habéis escogi-
do, y porque mi devoción, mi sacrificio, mi doloroso fin, me aseguran a vuestros ojos una superioridad se-
gura sobre él. En la sencilla credulidad de mi corazón, he dejado escapar el tesoro que en mis manos tuve; ni falta quien me diga que vos me amábais lo bastante para llegar con el tiempo a amarme mucho. En ver-
dad, esto dulcifica mi amargura y hace que vea en mí mi único enemigo.
“Recibid este último adiós, y agradecedme el que me haya refugiado en el inviolable asilo donde todo
odio se extingue, donde perdura el amor.
“Adiós, mi señorita, y estad segura de que si con mi sangre pudiese yo labrar vuestra dicha, os la daría
hasta la última gota, puesto que la sacrifico al mi desgracia. --Raúl de Bragelonne”.

La carta está bien, --dijo el capitán; sólo le encuentro una falta.
--¿Cuál? --preguntó Raúl.
--Que habla de todo, menos de lo que exhala de vuestros ojos y de vuestro corazón cual mortífero vene-
no, y del amor insensato que todavía os abrasa.
Raúl palideció y se calló.
--¿Por qué no escribís solamente estas palabras: “señorita: en vez de maldeciros, os amo y muero”?
--Es verdad, --exclamó Raúl con siniestro gozo. E hizo pedazos su carta, y escribió estas líneas:

“Para gozar de la inefable dicha de repetiros que os amo cometo la cobardía de escribiros y en castigo de
mi cobardía, muero -- Raúl”.

--La entregaréis este papel, ¿no es verdad, capitán? --dijo el vizconde al mosquetero.
--¿Cuándo? --preguntó D'Artagnan.
--Cuando escribáis la fecha al pie de estas palabras, --respondió Bragelonne, señalando con el dedo la
última frase y levantándose prontamente para volar al encuentro de Athos, que regresaba muy despacio.
Al pasar por la muralla para entrar en una galería de la cual D'Artagnan tenía la llave, vieron que Saint-
Mars iba al calabozo del preso, y se escondieron en el rincón de la escalera a una seña del mosquetero.
--¿Qué hay? --preguntó Athos.
--Mirad y veréis, --respondió el gascón: --el preso torna de la capilla.
Y a la luz de los relámpagos y en medio de la violácea bruma con que el viento esfumaba el espacio, se
vio pasar gravemente, a unos seis pasos de distancia detrás del gobernador, a un hombre vestido de negro,
con el rostro cubierto por una careta de acero bruñido, soldada a un casco de lo mismo, que le envolvía toda
la cabeza. El fuego del cielo arrancaba leonados reflejos que al revolotear caprichosamente, parecían las
iracundas miradas que, a falta de imprecaciones, lanzaba aquel desventurado.
En mitad de la galería, el preso se detuvo un instante, contempló el inmenso horizonte, aspiró el sulfuro-
so olor de la tormenta, bebió con avidez la cálida lluvia, lanzó un suspiro, semejante a un rugido.
--Venid, caballero, --dijo Saint-Mars bruscamente al preso al ver que persistía en mirar más allá de las
murallas. --Venid, repito, caballero.
--Decid, monseñor. --gritó desde su rincón Athos a SaintMars con voz tan solemne y terrible, que el
gobernador se estremeció de los pies a la cabeza.
Athos exigía el respeto a la majestad caída.
El preso se volvió, al tiempo que Saint-Mars decía:
--¿Quién ha hablado?
Yo, --respondió D'Artagnan, mostrándose en seguida. --Ya sabéis que esta es la orden.
--¡No me llaméis caballero ni monseñor! --dijo a su vez el preso con voz que conmovió a Raúl hasta lo
más hondo de sus entrañas; --¡llamadme maldito!
El preso siguió adelante, y tras él chirrió la férrea puerta.
--¡He ahí un hombre desventurado! --exclamó con voz sorda


 

 
 

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